
“Yo, hermano NN, me entrego y consagro a la iglesia de NN, y yo prometo vivir una vida de conversión y de comunión, principalmente en la pobreza, la castidad consagrada y la obediencia, según el Evangelio de Cristo y la institución apostólica, según la regla de San Agustín y las constituciones de la Orden Premonstratense, en presencia de padre abad NN, abad de esta iglesia y de los otros hermanos.”
Tema de la serie: “ artículos sobre la formación”
La legislación canónica general prescribe en el canon 587 §1, que las constituciones de cada Instituto de vida consagrada deben determinar el contenido específico del compromiso contraido por sus miembros. Con ese encargo se quiere expresar y proteger la identidad y la vocación de cada Instituto.
Para nosotros eso significa que nuestras Constituciones deben determinar más detalladamente el contenido de los votos que hacemos. Los cánones 599 hasta 601, de los cuales hablamos en la reflexión anterior ( octubre de 2005) describen solamente los grandes rasgos de un marco general, esbozando el contenido mínimo de cada consejo evangélico como obligación jurídica. Es evidente que estos cánones no pretenden presentar un proyecto que entusiasme para poder realizar la aspiración de una vida.
A partir de unos ejemplos, se comprende luego que la identidad de la vocación propia de cada Orden religiosa o Instituto determina claramente las formas concretas de la práctica de los votos. En el contexto de la vida monástica, la consagración a Dios por el celibato, es sostenida por el silencio y la soledad, características de la vida monástica. El silencio y la soledad constituyen para la vida monástica, valores buscados que se experimentan como condiciones para una vida de oración y contemplación. Un modo de vida que se identifica con la pastoral (en la Iglesia) pide que la consagración al celibato sea experimentada de otra manera. Una forma monástica de vivir el celibato no combinaría bien con la vida de un religioso dirigido hacia la pastoral. Nos cuesta comprender que la práctica de la obediencia y el cargo mismo de Superior, en una congregación que se identifica principalmente por una actividad bien determinada, se distinguen de la obediencia en una Orden que se centra en la vida comunitaria. El espíritu de San Francisco no da el mismo color al consejo evangélico de pobreza que la espiritualidad de San Bruno. Es lógico que al iniciar un candidato en la forma de vida religiosa que lo atrae, se da mucha importancia a la manera específica y particular de vivir los votos.
Le incumbe a los capítulos generales de aggiornamento de 1968 y 1970, la tarea de exponer la práctica de nuestra profesión premonstratense como una expresión de nuestra vocación e identidad. Con razón se toma como punto de partida la fórmula de profesión en su totalidad. La fórmula en nuestra Orden es la siguiente: “Yo, hermano NN, me entrego y consagro a la iglesia de NN, y yo prometo vivir una vida de conversión y de comunión, principalmente en la pobreza, la castidad consagrada y la obediencia, según el Evangelio de Cristo y la institución apostólica, según la regla de San Agustín y las constituciones de la Orden Premonstratense, en presencia de padre abad NN, abad de esta iglesia y de los otros hermanos.”
ORGANIZACIÓN DE LA MATERIA
Son principalmente los números 39 hasta 51 que comentan la fórmula de profesión. En grandes líneas se sigue el texto de la fórmula de profesión. Sin embargo, no se comenta la expresión “según la regla de San Agustín y las constituciones de la Orden Premonstratense”.
En el segundo capítulo se nos presenta el significado de la regla de San Agustín y de las constituciones ; su subtítulo hace referencia a la fórmula de profesión, citando su comienzo: “Yo, hermano NN me entrego y consagro a la iglesia de NN“ Se trata de la donación de la persona como oblación a una comunidad determinada de la Orden, llamada ‘iglesia’, según la tradición de nuestra Orden. En el sentido más concreto, se trata de vincularse con una iglesia en la cual el culto es asegurado por un colegio de canónigos regulares.Ese culto no es puramente litúrgico, aunque las horas canónicas y la celebración eucarística tengan una importancia esencial en nuestra vida. Como el capítulo mencionado lo muestra, ese culto implica también una dedicación al servicio de la Iglesia como pueblo de Dios en su organización jerárquica, como también al servicio del mundo como comunidad humana que debe construirse.
El núcleo de la vocación particular y de la identidad de nuestra Orden consiste en la experiencia de iglesia como comunidad, la vita apostolica, como fue descrita en los Hechos de los Apóstolos. Esa forma de vida se encuentra mejor explicada por la manera que San Agustin la llevó a la práctica: “En su vida y regla, nosotros encontramos una forma de pensar y de vivir hecha para conducirnos a Dios por el camino del amor. La unión fraterna está fundada según él, sobre la conciencia y la experiencia de la presencia de Dios en la comunidad y en cada persona humana en particular. Ella se manifiesta en diversas formas de comunión: de espíritu y de corazones, de los bienes poseídos en común, de las oraciones, de la vivienda compartida, de vida y del trabajo en común, conducido por el superior que está al servicio de la caridad.” (Const. n° 28). Hacer la profesión según la regla de San Agustín significa tener el propósito de dejarse guiar por la espiritualidad que formó, para las comunidades que él guiaba, el fundamento y la forma de organización. Su regla conventual es una expresión de eso.
El término “comunión” tiene una importancia esencial en la descripción de nuestra consagración a la Iglesia. La donación de sí mismo a la comunidad concreta de una canonía se dilata en un compromiso con los alrededores inmediatos, y en una relación particular con la diócesis y su obispo, para desembocar finalmente en una comunión universal. En todos esos círculos se trata sobre todo de promover el aspecto comunitario de la vida de la Iglesia y de las personas. El segundo capítulo de las constituciones quiere determinar la identidad propia y la vocación propia de nuestra Orden; de tal manera responde a la intención esencial de las constituciones. Las palabras “según las Constituciones de la Orden Premonstratense”, usadas en la fórmula de profesión, no se refieren a una colección de normas; ellas expresan más bien la intención de modelar su vida por el carisma de la Orden, tal como ha sido formulado en las Constituciones.
Los números de 39 hasta 51 de las Constituciones aplican la descripción de nuestro carisma a la práctica de cada consejo evangélico por separado. Se puede notar en el texto que en la edición anterior (de 1970) se proponían tres fórmulas de profesión. La segunda fórmula no tenía la referencia a las Constituciones. La tercera fórmula mencionaba solamente el consejo evangélico de la obediencia. Al incluir esa tercera fórmula, el capítulo de aggiornamento se refería a una tradición más antigua según la cual sólo el voto de obediencia era expresado. La fórmula actual, conservada en la edición de 1994, remonta a la alta Edad Media, y especialmente a la reflexión de Santo Tomás sobre la vida religiosa. En ella los 3 consejos se encuentran según el orden clásico tomístico.
El n° 42 presenta la vida religiosa a partir del voto de obediencia, como disposición a ajustar la vida entera a la Voluntad divina. Eso se explica por el hecho mencionado, de la presencia de la tercera fórmula en la edición de 1970. El religioso expresa esa disposición haciendo el voto de dedicarse en cuerpo y alma a Dios por el celibato y de seguir a Cristo por la pobreza voluntaria. Ese modo de vida es descrito como testimonio expreso del Evangelio, en la Iglesia y ante los hombres que todavía no conocen a Cristo.
Al tratar de los consejos evangélicos, nuestras Constituciones siguen el orden clásico, y no el orden del Segundo Concilio Vaticano, que trata primero de la castidad, después de la obediencia y por último de la pobreza. La castidad en la vida religiosa ha sido considerada por el Concilio, como la característica de ese estado, que tiene como motivación de expresar el deseo muy expecífico de seguir a Cristo con un corazón indiviso. Significa una dedicación total al Señor, por una vida enteramente centrada en Él. El hecho que nuestras Constituciones y nuestra fórmula de profesión tratan primero de la pobreza, significa tal vez que la práctica de la pobreza tenga un lugar central en nuestra vida, - lo que, sin duda alguna, ha sido el caso en la historia de los canónigos regulares.
El marco
Fuera de los consejos evangélicos, prometemos por la profesión de llevar una vida de conversión (n° 41), de practicar esos consejos según el Evangelio de Cristo y la Institución Apostólica (n° 48 y 49), según la regla de San Agustín y las Constituciones de la Orden Premonstratense (n° 50). La sección que exponemos aquí, termina con una reflexión sobre la profesión y la felicidad humana (n° 51).
El número 41 que explica la vida de conversión, ofrece un elemento importante para la comprensión de toda esa sección relativa a la profesión. La conversión es una respuesta a la vocación de vivir en unión con Dios y con los hermanos. En la línea de la visión agustiniana sobre la vida comunitaria, se considera que el amor de los hermanos es el signo por excelencia del amor de Dios. Por consiguiente, la conversión busca la autenticidad de la vida religiosa comunitaria. Ella es nada menos que la aspiración continua al amor fraterno y al servicio humilde.
El número 48 caracteriza nuestra vida inspirada por el Evangelio como la communio fraterna, que constituye el medio ambiente y el fondo para la imitación de Cristo. El trasfondo bíblico referido es la comunidad ya formada por los apóstoles con Cristo, que bajo el impulso del Espíritu Santo se desplegó plenamente en la Iglesia apostólica. Aquí se desprende nuevamente que la vida apostólica se expresa en el término “communio”. El n° 50 subraya que la Regla y las Constituciones quieren orientar y apoyar ese modo de vida.
El título del número 51, “Profesión y felicidad humana” respira sin más una apologética típica de los años setenta del siglo pasado, - por lo menos en el Occidente, donde el cristianismo fue asociado con alienación y subyugación. Nuestra vida es caracterizada como la continuación, en medio de la gran sociedad humana, de la comunidad de los apóstoles en torno al Señor resuscitado. De esa manera, la vida apostólica es descrita como una experiencia actual, y no histórica, de una comunidad fraterna en torno al Señor que vive.
Reflexión sobre cada consejo evangélico
Después de leer las reflexiones precedentes, no debe sorprendernos que los consejos evangélicos también promueven la experiencia de la vida comunitaria apostólica, o sea la communio. La pobreza en nuestra Orden debe ser definita como la voluntad de renunciar a la propiedad de bienes personales a fin de poseer todo en común. Del bien común que se forma de tal manera, cada un debe recibir lo que necesita. Esa²práctica de la pobreza es designada en primer lugar como el fundamento de la vida en común. La comunidad se encarga de compartir con los pobres lo que tiene; así la repartición es antes que nada una obligación comunitaria, que puede ser asociada con sobriedad y trabajo.
El aspecto ascético de la pobreza viene solamente en última instancia, a partir de la conciencia de la relatividad de la riqueza terrestre. Se da realce a la invitación de vivir como hombres “ordinarios” que deben trabajar y asumir las obligaciones de la sociedad civil. Encima de eso, la comunidad debe ser construida haciendo participar a todos en la riqueza espiritual de cada uno: los talentos y toda la persona.
El celibato debe ser considerado como una condición para llevar una vida comunitaria realmente fraterna, que manifesta el amor de Dios en el mundo y promueve nuestra felicidad. El celibato en la vida religiosa supone una madurez afectiva para poder estar al lado de la gente de manera amable y cordial. Solamente en segunda instancia, las Constituciones señalan la mortificación y la ascesis necesaria para conservar la castidad (n° 42).
Los números 45 > 47 que tratan de la obediencia, hablan sobre todo de la obediencia de la comunidad entera que quiere cumplir la Voluntad de Dios, y de las numerosas indicaciones de la Voluntad divina presentes en nuestra vida y actividad solidaria con los hermanos y dentro de la Iglesia. La última frase del número 46 es muy significativa cuando asegura que también por la obediencia tenemos un papel activo en la realización de la misión de la comunidad. Se describe la función del superior sobre todo como un servicio a la unión fraterna, como promoción del diálogo interno y del discernimiento comunitario de lo que debe ser hecho. El servicio de la autoridad, que exige de vez en cuando que el superior tome una decisión, debe sobre todo promover la construcción de una comunidad auténtica.
De todo lo dicho anteriormente, será evidente que los candidatos para nuestra vida deben optar por la vida comunitaria y que su formación debe centrarse sin ambigüedad en esa forma de vida. La reflexión sobre nuestra manera de practicar los votos se profundizará por una lectura atenta y repetida de la regla: en ella San Agustín reflexionó y propuso las consecuencias de la vocación a la vita apostolica, en la vida concreta.