CÁNTICO DE LA CARTA A LOS FILIPENSES
(2,6-11)
6 Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; 7 al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera, 8 se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.
9 Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; 10 de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, 11 y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
Resonancias en la vida religiosa
La obediencia religiosa arraiga en la actitud obediente y humilde de Jesús: Jesús llegó a la libertad del Señor a través de la obediencia del siervo, solidarizándose con los hombres esclavos. Marcada por estos rasgos, la obediencia exige a los religiosos la renuncia real y efectiva al propio querer, al auto-servicio; la asimilación a aquellos que no tienen libertad para poder acoger, como don gratuito, la libertad de Dios.
Nuestra obediencia no es simplemente una estrategia temporal o coyuntural; define el proyecto total de nuestra vida… hasta la muerte. Quien no asume esta condición dentro de la vida religiosa no sigue radicalmente los pasos de Jesús.
Cantemos, pues, el himno de la humillación glorificadora de Jesús, paradigma de nuestra vocación.
Oremos,
Oh Dios, Padre lleno de bondad, tanto amaste al mundo que le entregaste a tu propio Hijo, quien se despojó de sí mismo pasando por uno de tantos; mira misericordiosamente a los hijos que adquiriste y enséñales a abrazarse a la Sabiduría de la cruz, porque Tú, Dios nuestro, enalteces a quien se humilla. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.